Hay aves que llegan cuando los robles se vuelven rosas

 
 

Hay unos días del año en que ciertos árboles del Valle Central parecen olvidar las hojas para quedarse solo con flores.

Desde algunas laderas entre Escazú y Alajuelita, los robles sabana aparecen suspendidos sobre el paisaje como manchas rosadas flotando entre techos, cables, concreto y la neblina que todavía baja algunas tardes desde el Pacífico. El efecto dura poco. A veces solo unos días antes de que el viento empiece a soltar pétalos sobre las aceras y los patios.

Y entre esas flores aparecen aves naranjas.

No siempre se dejan ver primero por el cuerpo. A veces es apenas un movimiento dentro del árbol desnudo. Un destello. El contraste entre un naranja casi imposible y el rosa suave de las flores abiertas.

Después el ojo termina de entender qué está viendo.


Un cacique veranero.

Un ave que viajó de noche.

Que salió del noreste de Canadá o Estados Unidos cuando el verano empezaba a enfriarse.

Que bajó un continente entero sin que nadie lo viera. Que está aquí, sobre este árbol, en esta semana exacta del año.

 
 

El nombre es viejo. En la segunda edición del Diccionario de costarriqueñismos, publicada en San José en 1919, la entrada dice: "Cacique veranero. — (Icterus galbula). Pajarito migratorio que anida en los Estados Unidos y nos visita desde Octubre hasta Marzo."

Alguien había mirado lo suficiente como para saber cuándo llegaba y cuándo se iba. Y le puso un nombre que parece guardar esa observación adentro: el ave aparece durante los meses que acá se llaman verano. Por qué cacique, el diccionario no lo explica. Nadie lo explicó nunca.

Veintitrés años después, el Repertorio Americano de Joaquín García Monge publicó una serie llamada "Pájaros nuestros". El cacique veranero estaba en la lista, junto al yigüirro, el majafierro, el pecho amarillo, el soterré y el comemaíz. No era solo una palabra registrada en un diccionario. Era uno de los nuestros.

En las guías del hemisferio boreal aparece como Baltimore Oriole.

 
 


Hoy la ventana que se le reconoce es más ancha que la de aquella entrada: de comienzos de setiembre a comienzos de mayo, en las dos vertientes, desde el nivel del mar hasta cerca de los mil quinientos metros. Se le ve en jardines, cafetales, bosques abiertos y zonas urbanas arboladas. Puede ser que antes se mirara durante menos meses, o que hubiera menos gente mirando. No alcanza para decir que algo cambió.

Cómo cruzan el continente es más difícil de contestar de lo que parece.

Hay caciques veraneros capturados en las islas de Mississippi, entre las aves que llegan a la costa después de atravesar el Golfo de México sin tocar tierra. Y hay otros que bajan el continente, a la vista. El 17 de octubre de 2006, en Banderas, Nicaragua, dos observadores que contaban rapaces vieron pasar dos caciques veraneros hacia el sur, acompañando a un copetón crestado. Los tres se metieron en un árbol, se quedaron varios minutos, avanzaron unos cincuenta metros hasta otro árbol, y en menos de un minuto siguieron al sur por encima del bosque.

Eso fue todo lo que alguien alcanzó a ver de un viaje de miles de kilómetros: unos minutos en un árbol, cincuenta metros, y otra vez el bosque. No existe una sola ruta, y de la mayoría de estas aves nadie sabe por dónde pasaron.

 
 

Los robles sabana obedecen otro calendario.

Tabebuia rosea pierde sus hojas durante la estación seca y florece antes de recuperarlas. En estas laderas eso ocurre entre febrero y abril, con años más tempranos y años más tardíos. Lo que dispara la flor se estudió acá: durante tres años se siguieron treinta y dos de estos árboles en San Pedro de Montes de Oca y en Santa Ana, anotando cuándo soltaban la hoja, cuándo abrían la flor, cuándo cargaban fruto. La conclusión fue que la floración necesita dos cosas a la vez: un período de sequía y una oscilación térmica alta —mucha diferencia entre el calor del día y el frío de la noche—. No basta el calor. No basta la sequía.

 

El árbol queda casi desnudo, cubierto únicamente por trompetas abiertas hacia el cielo.

Sería cómodo decir que el ave viene por este árbol. No es así, y lo que ocurre en realidad es más interesante.

El cacique veranero no sigue una especie: sigue la floración. Durante los meses secos se mueve entre los árboles que están activos, buscando néctar, insectos y fruta blanda donde los haya. En 1970 se publicó un estudio de sus hábitos de alimentación en Costa Rica, hecho en la provincia de San José, y entre los árboles cuyo néctar aprovecha aparecen el poró, el guaba, el ceibo, el balso. El poró abre su naranja semanas antes de que aparezcan las trompetas rosadas. Cuando el poró se apaga, hay otra cosa abierta. La estación seca, que parece el momento en que el bosque se detiene, es en realidad una sucesión de árboles encendiéndose por turnos.

 

Entonces, ¿por qué el roble sabana y no otro?

Porque es el que se ve.

Hay muchísimos en el Valle Central —de calle, de bulevar, de parqueo, de patio—. Florecen todos más o menos a la vez. Y florecen sin hojas, así que un pájaro naranja adentro no tiene dónde esconderse: queda expuesto contra el rosa y contra el cielo. El poró hace lo mismo en enero y casi nadie lo mira. El roble se mira porque está en todas las cuadras, porque se queda desnudo y porque durante unos días convierte una ladera entera en algo que detiene el paso.

Eso no es un dato menor ni un adorno de la historia. Es la razón por la que esta coincidencia existe para nosotros. Ocurre en otros árboles y en otros meses, sin que nadie se entere. Acá se vuelve visible.

Lo que no se sabe es qué significa el encuentro para cada uno. Cuánto néctar obtiene el ave de estas flores. Si vuelve al mismo árbol o pasa una vez. Si al llevarse el néctar deja polen donde el árbol lo necesita. Si esta floración pesa algo en su invernada, o es apenas una parada entre muchas.

Ese pájaro conecta jardines urbanos del Valle Central con bosques caducifolios del norte del continente. Lo que ocurre en estos árboles durante unos pocos días forma parte de una red migratoria que atraviesa países completos y estaciones opuestas.

Y lo que ocurre acá es la superposición de dos calendarios que no se consultan. El árbol responde a la sequía y al salto de temperatura entre el día y la noche. El ave se mueve dentro de un programa anual propio, que las señales del ambiente ajustan pero no inventan. Ninguno de los dos está esperando al otro. Coinciden igual.

Cada año parecen quedar menos robles que florezcan en estas laderas. Algunos cayeron por viento o por raíces enfermas. Otros se cortaron por seguridad, o porque limpiar pétalos durante un mes es trabajo que nadie ha aprendido todavía a compartir, o porque la diferencia entre podar y tumbar no siempre es evidente cuando se trata de un árbol grande. Las razones se acumulan en cada casa, en cada cuadra.

De los robles sabana no hay una cuenta. De lo que pasa alrededor sí hay algunas: en el corredor del río Tibás, aquí mismo en el área metropolitana, el suelo se urbanizó en once años hasta tres veces más rápido que en otras zonas de la región.

Si el ave no sigue un árbol sino una sucesión de árboles, entonces la pregunta no es cuántos robles quedan. Es cuánto puede irse acortando esa cadena —el poró de enero, el roble de febrero, lo que venga después— antes de que en algún mes ya no haya nada abierto.

Después de abril, los pétalos empiezan a caer. Los árboles recuperan hojas. Los orioles desaparecen hacia el norte.



Y las laderas vuelven a parecer simplemente laderas hasta la próxima estación seca.









Fuentes

Gagini, C. 1919. Diccionario de costarriqueñismos, 2ª edición. Imprenta Nacional, San José. — entrada "cacique veranero". Edición digitalizada en Internet Archive.

Repertorio Americano, 11 de julio de 1942. Serie "Pájaros nuestros". Repositorio de la Universidad Nacional.

Gómez Figueroa, P. & Fournier O., L. A. 1996. Fenología y ecofisiología de dos poblaciones de Tabebuia rosea ("roble de sabana") en Costa Rica (Bignoniaceae). Revista de Biología Tropical 44(1): 61–70. Repositorio Kerwa, UCR.


Timken, R. L. 1970. Food habits and feeding behavior of the Baltimore Oriole in Costa Rica. The Wilson Bulletin 82(2): 184–188.


Simons, T. R., Moore, F. R. & Gauthreaux, S. A. 2004. Mist netting trans-Gulf migrants at coastal stopover sites: the influence of spatial and temporal variability on capture data. En Ralph, C. J. & Dunn, E. H. (eds.), Monitoring bird populations using mist nets. Studies in Avian Biology 29: 135–143.


McCrary, J. K. & Young, D. P. Jr. 2008. New and noteworthy observations of raptors in southward migration in Nicaragua. Ornitología Neotropical 19(4): 573–580. — el registro de Banderas, en p. 579.


Calvo-Villalobos, J. E., Bermúdez-Rojas, T. & Vega-Bolaños, H. 2019. Dinámica de uso de suelo y sitios prioritarios para la restauración forestal del Corredor Biológico Río Tibás, Costa Rica. Revista Geográfica de América Central 62.


Fotografías de campo: Purai, Escazú y Alajuelita, estación seca.












 
Purai

Purai es un proyecto creativo que conecta diseño y biodiversidad, creando productos y contenidos que educan e inspiran a proteger la naturaleza.

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