El quetzal no vive en un lugar, vive en un recorrido
Al macho se le ve venir por las plumas. Dos de ellas, verdes y larguísimas, se extienden mucho más allá del cuerpo y ondulan detrás de él cuando vuela, con una longitud que no parece caber en un ave de ese tamaño. No son, en rigor, la cola: son coberteras del dorso alargadas hasta lo inverosímil, y esa distinción importa, porque es esa silueta —no una cola— la que persiguieron durante siglos quienes coleccionaban sus plumas.
Cuando come, hace algo particular. Sale de una percha, se aproxima a la fruta que cuelga en la periferia de la copa y se suspende un instante en el aire, delante o debajo del fruto, antes de arrancarlo al vuelo. Se lo traga entero. La semilla no la mastica: la lleva dentro un rato y después la deja caer, lejos, intacta.
Macho de quetzal resplandeciente en el bosque nuboso de Costa Rica. otografía: Francesco Veronesi · vía Wikimedia Commons · CC BY-SA 2.0
Este es el quetzal, Pharomachrus mocinno. Los de Costa Rica pertenecen a la forma costaricensis, del sur de la cordillera; conviene no confundirlos sin más con los de México y Guatemala, que son otra subespecie y sobre los que se escribió buena parte de lo que se repite del quetzal.
Lo que vuelve a este animal interesante no es su color. Es adónde tiene que ir para vivir. Entre 1989 y 1991, en Monteverde, un equipo siguió por radio a veinte quetzales a lo largo del año, y lo que encontró no fue un ave que se queda en el bosque nuboso donde la fotografían los turistas. Durante la época de cría, sí, permanecían arriba, en el bosque de niebla. Pero al terminar de criar bajaban por la vertiente del Pacífico a bosques mil metros más abajo, se alimentaban allí durante meses, cruzaban después la divisoria continental y descendían por la vertiente del Caribe hasta los setecientos u ochocientos metros, para recién entonces volver a subir al bosque nuboso y empezar de nuevo. En un solo año usaban media montaña y las dos vertientes. Los propios investigadores concluyeron que las veinte mil hectáreas de reservas de Monteverde no cubrían todo el hábitat que el ave necesitaba, y propusieron proteger también los parches y corredores de más abajo.
Recorrido altitudinal del quetzal resplandeciente en Monteverde.
Ese es el hecho del que cuelga todo lo demás: el quetzal no habita un lugar, habita una secuencia de lugares a lo largo del año. Conservar el sitio donde cría no equivale a conservar su ciclo de vida. La unidad que le importa no es un polígono en un mapa, sino un recorrido que tiene que seguir estando disponible entero.
Lo que lo empuja por ese recorrido son, en buena medida, los frutos. En Monteverde se registró que el quetzal consumía al menos doce a dieciocho especies de fruta en la mayor parte del año, y más de cuarenta a lo largo del ciclo completo; dentro de esa dieta amplia, alrededor de dieciocho especies de la familia del aguacatillo —las Lauraceae— tenían un peso especial. La fenología de esos árboles, cuándo y a qué altura fructifican, parece marcar el momento y la dirección de sus movimientos. No es que persiga a un solo árbol: es que la montaña le ofrece fruto en pisos distintos en meses distintos, y él sigue esa oferta desplazándose.
Bosque nuboso de Monteverde, hábitat de altura del quetzal. Fotografía: Velorian (Wikivoyage) · vía Wikimedia Commons · CC BY-SA 1.0.
Y hay una segunda condición, menos obvia, que agrega el tiempo a la ecuación. El quetzal anida en cavidades de troncos muertos en pie —madera ya bastante descompuesta, blanda, que puede excavar y modificar con el pico—. No le basta, entonces, con que la montaña esté cubierta de bosque: necesita bosque que haya tenido tiempo de producir árboles grandes, muertos, en descomposición. Un bosque restaurado puede verse verde y continuo mucho antes de tener esa madera. De ahí una distinción que vale la pena sostener con cuidado: la continuidad de un bosque en el espacio —que las copas vuelvan a tocarse— puede recuperarse mucho más rápido que su continuidad en el tiempo —que vuelva a haber dónde criar—. El alimento y el paso pueden regresar antes que las cavidades.
Francesco Veronesi · "Resplendent Quetzal male at nest – Cloud Forest in Costa Rica" · vía Wikimedia Commons · CC BY-SA 2.0 (creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0)
Hasta acá, la parte firme. Conviene ser igual de honesto con lo que no está probado. Es tentador decir que el quetzal, al moverse, “cose” la montaña llevando semillas de un piso a otro. Mueve semillas, eso es real y está observado: en Monteverde se lo vio regurgitar semillas de laurel que caían lejos del árbol madre. Pero no lo hace solo. En una de esas Lauraceae, el quetzal era apenas uno de cinco dispersores —tucancillos, pájaros campana, mirlos, la pava negra—, y del conjunto de todas esas aves, el ochenta por ciento de las semillas terminó a menos de veinticinco metros del árbol que las produjo. Una red de aves que migra cientos de metros no equivale, automáticamente, a semillas transportadas a kilómetros. El quetzal participa en la regeneración del bosque; no es su único responsable, ni carga esas semillas de la base a la cima. Una función puede ser real sin ser exclusiva, y el ave es más interesante contada así que inflada.
Incluso su fama de frugívoro tiene un matiz. A los pichones se les llevan frutos enteros desde los primeros días, pero buena parte de lo que comen mientras crecen no es fruta sino presa animal —insectos, caracoles, lagartijas—, a veces hasta poco antes de dejar el nido. El ave que parece hecha para los aguacatillos cría a sus hijos, en buena medida, con lagartijas.
Las plumas que arrastraba en el vuelo tuvieron, mucho antes que todo esto, otra clase de importancia. En Mesoamérica, las largas coberteras del macho aparecían en los tocados de gobernantes mayas y circulaban como bien de altísimo valor por redes de tributo e intercambio. En 1871 Guatemala declaró al quetzal ave nacional; su moneda lleva ese nombre. La atención al animal es vieja; lo que la ecología agrega hoy no la reemplaza, la vuelve más precisa.
Vasija con señor entronizado, maya, Clásico tardío. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York · Open Access (CC0)
Un ave que en enero cría en el bosque nuboso.
Que en julio se alimenta mil metros más abajo.
Que cruza la divisoria continental y desciende por el Caribe.
Que en un año usa media montaña, y ninguna reserva la contiene entera.
Queda, al final, una pregunta que este animal deja abierta y que no es retórica. ¿Cuándo podemos decir que un bosque está de verdad conectado? ¿Cuando sus copas vuelven a tocarse? ¿Cuando sus frutos vuelven a aparecer en secuencia por los pisos de la montaña? ¿O solo cuando un animal puede completar allí su año entero —alimentarse, desplazarse y también criar—? El quetzal no contesta la pregunta. La vuelve física: es un ave que solo existe si la respuesta es la última.
Los quetzales de Costa Rica pertenecen a la forma Pharomachrus mocinno costaricensis. A escala global la especie figura como Casi Amenazada y su población está en descenso; la normativa costarricense la incluye entre las especies de fauna silvestre con población reducida o amenazada. El tote Mocinno de Purai lleva este animal, una de las tres especies fundacionales de la colección.